El conflicto entre Estados Unidos e Irán no solo tiene implicancias geopolíticas y militares. Sus efectos también alcanzan a la economía global y, de manera particular, al turismo, una actividad extremadamente sensible a la incertidumbre y a los riesgos internacionales.

Las primeras consecuencias ya se sienten en Medio Oriente. Las proyecciones indican que la región podría registrar entre un 11 % y un 27 % menos de visitantes en 2026, lo que equivale a una pérdida estimada de entre 23 y 38 millones de turistas. A ello se suman cancelaciones de vuelos, restricciones o cierres del espacio aéreo en algunas zonas del Golfo y alteraciones en rutas intercontinentales.
Otro factor clave es el petróleo. El temor a posibles interrupciones en el estrecho de Ormuz —uno de los principales corredores energéticos del mundo— ha impulsado al alza el precio del crudo. Para la industria aérea, el impacto es inmediato: el combustible representa uno de los mayores costos operativos, por lo que cualquier incremento termina trasladándose al precio de los pasajes.
Impacto indirecto en Sudamérica
En Sudamérica, el impacto del conflicto sería más indirecto y dependerá en gran medida de su duración. El encarecimiento del combustible de aviación incrementa el costo de los vuelos intercontinentales, lo que podría reducir la demanda de viajes de larga distancia. En ese escenario, destinos sudamericanos podrían recibir menos visitantes procedentes de Europa, Asia o Medio Oriente.
Sin embargo, la crisis también puede generar efectos contrapuestos. Cuando las zonas de conflicto se concentran en determinadas regiones, los turistas suelen modificar sus preferencias y optar por destinos percibidos como más seguros. Este llamado “efecto sustitución” podría beneficiar temporalmente a regiones alejadas de las tensiones geopolíticas, como Sudamérica, Oceanía o algunas zonas de Europa.
En términos simples, la percepción podría resumirse así:
Medio Oriente = región de riesgo.
Sudamérica = destino lejano al conflicto.
No obstante, el turismo también depende del contexto económico global. Si una crisis energética termina desacelerando la economía mundial, la consecuencia natural es una reducción de los viajes internacionales.
El caso del Perú
Para el Perú, el principal riesgo está en el aumento del precio de los vuelos, lo que podría reducir la llegada de turistas de larga distancia. Pero ese no es el único problema.
A los factores externos se suman dificultades internas que afectan directamente la confianza del viajero. Fenómenos naturales recientes han provocado daños en varias zonas del país que forman parte de la oferta turística más emblemática. Bloqueos de carreteras, deslizamientos de tierra y cancelaciones de vuelos por limitaciones en la infraestructura aeroportuaria complican tanto el turismo interno como el internacional.
Si a este escenario se agrega la incertidumbre propia de un periodo electoral, el panorama para el sector dista de ser alentador.
Frente a ello, resulta indispensable que el sector privado —a través de sus gremios— asuma un rol más activo y exija mejores condiciones para el desarrollo de la actividad turística, tanto en el mercado interno como en el internacional.
De lo contrario, iniciativas desconectadas de la coyuntura como la de APAVIT al organizar talleres sobre oportunidades de inversión en Turquía, pueden terminar resultando poco pertinentes frente a los desafíos que hoy enfrenta el turismo nacional.







