Fue el humorista Tulio Loza, disfrazado de candidato a cualquier cosa, quien inflamaba los televisores con un verbo por momentos coprológico, como forma de protesta contra la clase política de los años ochenta, que hasta la fecha solo ha cambiado de tamaño, pero no de forma. “Camotillo el Tinterillo” resulta hoy más vigente que nunca para enrostrar a los políticos su verdadero rostro: “Heme aquí, aquí eme” gesticulaba y la peruanidad lo aplaudíamos.
Un claro ejemplo de esa personificación es el del ministro José Fernando Reyes Llanos, abogado que exhibe entre sus credenciales haber sido director general de Justicia y Libertad Religiosa en el Ministerio de Justicia y gerente de Licencias de la Federación Peruana de Fútbol, aquel equipo representante de la corrupción en calzoncillos y chimpunes. Con estos antecedentes, Reyes Llanos juramentó como titular del MINCETUR con una carcajada apenas contenida, que estuvo a punto de hacer rodar por el suelo la Biblia y el crucifijo.

A decir verdad, el MINCETUR nunca se ha preciado de contar con ministros laureados ni de representar la “sangre, sudor y lágrimas” del sector, salvo honrosas excepciones. Más bien, en reiteradas ocasiones nos han impuesto a cualquier impresentable. Basta recordar al reciente psicólogo de profesión y agitador callejero, declarado simpatizante de la causa antaurista, reforzando la ya casi tradición de convertir el edificio de la calle 1 Oeste de Córpac en un depósito de reciclaje de residuos en sus tres estados de la materia.
Roberto Sánchez, al igual que el actual ministro, nunca pareció tener claro qué hacer con semejante fajín ministerial; quizá lo entendieron como un accesorio útil para disimular vientres abultados de comilonas y cocteles oficiales.
Lo más preocupante es que, cual zombis, los dirigentes de gremios limeños que se autoproclaman “representativos” de la actividad turística nacional no han expresado desacuerdo ni protesta ante esta afrenta. Por el contrario, acudieron en bloque al besamanos del —desde ya fracasado— ministro, ofreciendo respaldar su gestión incluso con su propia cabeza. Merece especial mención el Colegio de Licenciados en Turismo (COLITUR), creado el 25 de octubre de 1988 mediante la Ley N.º 24915, supuestamente para permitir que sus miembros contribuyan a ordenar el alicaído sector.
¿Para qué entonces tanto esfuerzo académico si finalmente se designa como ministro a alguien ajeno a la actividad? Los más conformistas frente a estas designaciones circenses alegarán que el cargo es de “confianza”, que la especialización no cuenta o que, dado el corto plazo, no amerita reclamo alguno. Pero, precisamente por tratarse de un periodo breve, ¿no habría sido oportuno ensayar un ministro de consenso? ¿No establece acaso el Código de Ética de la Función Pública, entre sus principios, la probidad para el ejercicio del cargo?
En fin, el turismo regresa hoy a la “normalidad”: falta de liderazgo, ausencia de priorización como asunto de Estado, caos en Machu Picchu —meca del turismo peruano—, desaliento a la inversión privada y contracción de la reactivación económica en las provincias. Y me temo que Reyes Llanos demostrará que, también en el turismo, como en la Federación Peruana de Fútbol, siempre se puede perder por goleada.







