La festividad más importante del folclore peruano llegó oficialmente a su fin este fin de semana, culminando una tradición cultural con más de 200 años de historia. La celebración, que congregó a miles de personas, dejó luces, sombras y deudas pendientes en su organización.

LO BUENO
La masiva asistencia de público, procedente de casi todas las regiones del país y del extranjero —ya sea como espectadores, músicos o danzarines— generó un impacto económico, social y cultural significativo. Este flujo humano reafirmó el papel de Puno como uno de los principales referentes culturales del país y de América Latina, consolidando su imagen como capital del folclore peruano.
La festividad en honor a la Virgen de la Candelaria volvió a convertirse, además, en un espacio de encuentro, unión y reconciliación para los puneños y puneñistas, quienes mantienen una profunda devoción por la sagrada imagen, considerada un símbolo espiritual y cultural de la región.
LO MALO
Como ya es habitual, la magnitud del evento desbordó la capacidad organizativa de la Federación Regional de Folclore y Cultura de Puno, así como de la autoridad municipal. Se evidenciaron deficiencias en señalización, seguridad ciudadana y sanitaria, orientación al visitante e información turística, entre otros aspectos que requieren atención urgente.
Ante este panorama, se hace necesaria una revisión estructural del modelo de organización. Resulta pertinente evaluar la convocatoria de una licitación internacional que permita a empresas especializadas en eventos de gran escala asumir la gestión logística, bajo la supervisión de una municipalidad fortalecida y con una visión moderna de desarrollo cultural. La festividad, observada por propios y extraños, demanda estándares acordes con su relevancia internacional.
LO FEO
Llamó la atención la ausencia total de los gremios turísticos de Puno, que desaprovecharon una oportunidad clave para fortalecer el posicionamiento del destino y proyectar una imagen positiva de la ciudad, no solo durante el mes de febrero, sino a lo largo de todo el año.
Igualmente notoria fue la inacción del denominado Parlamento Andino, institución que cuenta entre sus miembros con un congresista puneño. Su silencio frente a las reiteradas agresiones de organizaciones bolivianas contra el patrimonio cultural de Puno resulta alarmante, más aún cuando estas manifestaciones culturales cuentan con reconocimiento de la UNESCO. Queda en el aire la interrogante de qué resulta más grave: la hostilidad externa o la indiferencia de quienes deberían defender este legado.
Finalmente, la festividad concluye con el deseo de que mejores condiciones de vida acompañen a quienes reconocen en la Virgen de la Candelaria su principal referente espiritual, símbolo de fe y tradición que generaciones enteras continúan venerando.







