Por: Lic. Maria Elena Cabrera

La Laguna de Huacachina es, sin duda, el emblema paisajístico más icónico de la región Ica y uno de los más reconocidos a nivel internacional. Junto a la Reserva Nacional de Paracas, comparte la categoría de zona natural protegida; un título que debería garantizar su intangibilidad, cuidado extremo y una planificación urbana ejemplar. Sin embargo, la realidad al cruzar el ingreso del oasis es diametralmente opuesta. Desde hace varios años, Huacachina viene siendo gestionada bajo una preocupante sombra de indiferencia institucional, abandono y un desborde de informalidad que amenaza con destruir el «Oasis de América».
¿Turistas o excursionistas?: El error de medir el éxito en masa
Para entender la crisis de Huacachina, es urgente corregir un error conceptual básico en la gestión local: confundir a un turista con un visitante o excursionista. La Organización Mundial del Turismo es clara: el turista es quien pernocta, consume hotelería, asiste a restaurantes formales y genera una cadena de valor sostenible. Lo que Huacachina recibe masivamente cada fin de semana —particularmente a través de flotas de buses informales provenientes de Lima— son excursionistas de pocas horas.
Las cifras oficiales del MINCETUR exponen la magnitud del mercado: a nivel nacional, Perú cerró el año 2025 recibiendo más de 4.15 millones de visitantes internacionales. De esa gran masa, Ica captó cerca de 1.8 millones de arribos a hospedajes, consolidándose como la cuarta región más visitada del país. No obstante, los reportes económicos regionales de la Red de Estudios para el Desarrollo evidencian la trampa de la masividad: mientras un turista extranjero real supera un gasto de S/ 1,000 en la región y un nacional formal gasta entre S/ 400 y S/ 600, los miles de excursionistas de fin de semana apenas rozan una fracción mínima de consumo local.
Estos viajes «exprés», mal llamados paquetes turísticos, operan al margen de la ley: carecen de guías oficiales registrados ante el Mincetur y reducen la experiencia de toda una región a un circuito básico de «bodega de vinos y paseo en tubular». Este flujo masivo satura el espacio, genera toneladas de residuos y no deja un impacto económico real en la hotelería o el comercio formal de la zona, desmitificando la idea de que la actual sobreexplotación es sinónimo de éxito de la actividad turística iqueña.
La ceguera cultural: Más allá de la arena
Reducir Huacachina a un simple circuito de carros areneros es un insulto a su legado. El balneario alberga joyas históricas invaluables que hoy lucen asfixiadas por el caos comercial. En sus orillas se erige el emblemático Hotel Mossone,el hotel más antiguo del Peru, declarado en 1987 como Monumento Histórico ya que representa más de 134 años de tradición hotelera ininterrumpida. A unos pasos se encuentra el legendario Hotel Salvatierra, en cuyos muros interiores reposa un invaluable mural del genio de la pintura iqueña, Sérvulo Gutiérrez. El ex balneario también es custodiado por bustos esculpidos por el reconocido artista iqueño Víctor Manuel Cabezudo, obras que forman parte de nuestro patrimonio cultural y que hoy sufren el maltrato del entorno. Por si fuera poco, el lugar alberga la renombrada Biblioteca Abraham Valdelomar, un fascinante «oasis cultural» con más de 10 mil títulos que rescata la literatura regional y nacional. Todo este circuito cultural, capaz de atraer a un turismo de alto valor educativo y económico, está siendo completamente invisibilizado por una oferta informal que prioriza el desorden ruidoso sobre el patrimonio.
El misterio de la recaudación y la ley de la selva comercial
Resulta inadmisible que existiendo un cobro oficial de ingreso a las dunas y a la zona protegida (S/. 8.00 para extranjeros, S/. 4.00 para nacionales y S/. 2.00 para iqueños), el dinero recaudado parezca desvanecerse. No hay un solo reflejo de estos ingresos en la conservación del espejo de agua, el mantenimiento de las dunas, la seguridad o la limpieza.
En su lugar, los visitantes se topan con una proliferación diaria de comerciantes ambulatorios. A pesar de existir una ordenanza municipal vigente que prohíbe explícitamente el comercio ambulatorio en toda la zona, esta es letra muerta por la nula fiscalización. El desorden, la suciedad y la falta de medidas de salubridad elementales ganan terreno todos los días.
Esta situación configura un escenario de competencia desleal alarmante. ¿Cómo puede un restaurante formal, cuyo menú turístico promedia los S/. 30.00 debido al pago de alquileres, planillas de trabajadores, impuestos (SUNAT) y servicios comerciales de agua, luz y desagüe, competir contra un comerciante informal que vende comida en táperes desde un canastón, usando insumos de dudosa procedencia y sin tributar un solo sol al Estado? Las autoridades, con su pasividad, están asfixiando al empresario que sí apuesta por la formalidad de Ica.
La falacia del «Turismo de Tubular»
Existe una narrativa distorsionada entre varios empresarios locales que defienden que el motor del turismo en Ica son los carros areneros (tubulares). Es una visión sumamente miope. Nadie viaja desde Japón, Alemania o Francia invirtiendo miles de dólares solo por subirse a un vehículo motorizado. El verdadero imán y el recurso primario es el paisaje milenario, la mística del desierto y la singularidad del oasis.
Las actividades de aventura como los tubulares, el sandboarding, el parapente o el glamping son servicios complementarios excelentes, pero jamás deben anteponerse al valor ecológico del destino. Tratar a Huacachina como un parque de diversiones mecánico en lugar de un Área de Conservación Regional es el camino más rápido hacia su depredación de las dunas norte y sur y toda la cadena de dunas que nos llevan hasta el desierto de Atacama.
Un destino en riesgo de colapso
El diagnóstico actual de la Zona Urbano Monumental de Huacachina es desgarrador: veredas rotas, iluminación deficiente, esquinas tomadas por la inseguridad y una proliferación descontrolada de discotecas y bares nocturnos, tanto en el camino de acceso como dentro de los márgenes de la zona protegida.
Huacachina carece hoy de dos herramientas vitales e indispensables: un Plan de Manejo Turístico y un Modelo de Gobernanza real que articule al Gobierno Regional, la Municipalidad Provincial, ministerio de cultura y el Sernanp. De continuar este desgobierno e indiferencia, el Oasis de América no morirá por causas naturales; morirá por la desidia de las autoridades que debieron protegerlo y por la informalidad que lo devoró ante la mirada de todos. Es momento de actuar antes de que el espejismo se borre para siempre.







