Nuestro país siempre ha estado en los ojos del mundo por su inagotable inventario de atractivos turísticos. Incluso, muchas especialidades han nacido del amplio abanico de posibilidades para conocerlo. Una de ellas es el turismo místico, aquel que, más allá de lo evidente y tangible, invita a una abstracción etérea.

Pues bien, dentro de este ámbito, el contacto con seres alienígenas parece inevitable en cada zona descubierta, ya sea por científicos o, acaso, por improvisados charlatanes motivados por verdaderas cataratas de ingresos. ¿Cómo no reconocer, entonces, las figuras plenamente visibles de las pampas de Nasca, en Ica; las estructuras sumergidas bajo el Titicaca, en el altiplano peruano-boliviano; o el supuesto “aeropuerto” de OVNIs que representaría el complejo arqueológico de Sillustani, ¿al noroeste de Puno?
Recuerdo que, allá por los años ochenta, cuando trabajaba como recepcionista en el hotel de mi padre, grupos de turistas madrugaban a las tres de la mañana para dirigirse a ese lugar y contemplar el sinfín de luces sobre la laguna Umayo.
Existen numerosas teorías sobre casos emblemáticos, como las llamadas momias de Nazca: el hallazgo de cuerpos desecados con tres dedos (tridáctilos) y cráneos alargados cerca de la zona, lo que sugiere la posible existencia de una especie no humana que habría convivido con los antiguos peruanos. Asimismo, se habla de la presencia de supuestas bases subacuáticas en el lago Titicaca.
Estas teorías se complementan con testimonios de pobladores locales y expediciones que han reportado la presencia de luces moviéndose a grandes velocidades, así como sonidos difíciles de reproducir. De este modo, poco a poco, el posicionamiento del Perú respecto a esta especialidad se ha ido consolidando.
Un ejemplo claro es Chilca, al sur de Lima, considerada la capital del contacto en el Perú, especialmente por la labor del grupo Misión Rama, fundado por Sixto Paz Wells. Hoy en día, este lugar es famoso por los llamados “avistamientos programados”, que atraen a periodistas y a grupos de personas que acuden al desierto tras recibir una supuesta comunicación previa sobre la aparición de naves extrañas.
Tal vez por ello, el gobierno peruano promulgó una ley que declara “de interés nacional y necesidad pública la creación de un puerto espacial” en nuestro territorio, medida que “busca impulsar la presencia del Perú en el desarrollo aeroespacial y proyectarlo como referente regional en esta materia”.
Desde ya se habla de que el Perú podría convertirse en uno de los “puertos espaciales del mundo”, junto a países como Brasil, Argentina, Estados Unidos, Rusia o la Guayana Francesa, que actualmente cuentan con complejos tecnológicos de gran envergadura.
Este gigantesco proyecto sería financiado por el gobierno de Estados Unidos, ávido de mantener su hegemonía y, acaso, como reacción a la iniciativa emprendida por China en el puerto de Chancay. Todo puede parecer aceptable; sin embargo, como reza el dicho, “en el Estado piensa mal y acertarás”. Es muy probable que, si el gobierno peruano interviene en su administración, aunque sea mínimamente, el fracaso y el despilfarro astronómico estén asegurados. Para muestra un motón: basta con observar los casos de CORPAC y la gestión de sus concesionarios de aeropuertos en el Perú.
(Continuará)