El llamado síndrome de París es un fenómeno psicológico poco frecuente que puede afectar a algunos turistas cuando visitan la capital francesa y descubren que la ciudad real no coincide con la imagen idealizada que habían construido. En lugar de una postal permanente de romanticismo, elegancia y calma, muchos visitantes se encuentran con una gran metrópoli viva: multitudes, ruido, prisas, clima cambiante y las tensiones propias de cualquier capital europea (Live Science, Joe Phelan).

Algo muy similar puede ocurrir cuando se ofrece, por diestra y siniestra, la plenitud de visitar una recientemente orquestada maravilla del mundo, tal como se publicita en redes sociales: “cuna de los inkas, con cada ángulo presentado como inolvidable; una ciudadela inca ubicada en las alturas de las montañas de los Andes peruanos, sobre el valle del río Urubamba, construida en el siglo XV y luego abandonada, famosa por sus sofisticadas paredes de piedra seca —que combinan enormes bloques sin el uso de mortero—, sus edificios vinculados a alineaciones astronómicas y sus vistas panorámicas”.
Lo mismo ocurre con sus regiones vecinas: “el Cañón del Colca, en el valle de un río del sur del Perú, célebre por ser uno de los más profundos del mundo y por la práctica del senderismo (del bueno, no del que profesa un sector descabellado de la política peruana). Se trata, además, de un hábitat del cóndor andino gigante, observable desde miradores como la Cruz del Cóndor. El paisaje del cañón abarca un valle verde y aldeas tradicionales y remotas, con agricultura en terrazas que precede a la época inca”
O, acaso, la “festividad del folclore en su máximo esplendor (…) todas las calles de la ciudad se contagian de melodía, alegría desbordante de grupos extasiados de baile y demostraciones de jovialidad (…) en Puno todos bailan y festejan sin medida ante la imagen religiosa representativa del Ande peruano”.
Todas estas frases pueden resultar muy risueñas, una promesa anticipada de goce, plenitud y relajo. Sin embargo, si al llegar a la tierra prometida nos encontramos con inmensas colas —tradición peruana para conocer amistades por proa y popa— para adquirir un pasaje de tren; si además somos testigos de absurdos choques ferroviarios en plena era de la supuesta modernidad, cuando miles de instrumentos tecnológicos deberían advertirnos de ello; o si el soroche, acompañado de un estómago más suelto que una catarata, no encuentra un baño público a menos de 300 metros de un mirador; o si, simplemente, las calles se convierten en letrinas públicas y en escenarios de actos impúdicos dignos de Sodoma y Gomorra, con bandas musicales de fondo, entonces se produce un quiebre evidente entre lo que se promete y lo que realmente se encuentra.
¿Cuántas veces habremos sido testigos del desenfado de turistas que sentencian: “A Perú no vuelvo nunca más”?
Urge una mayor coherencia en el sector turístico para evitar el divorcio entre lo ideal y lo real.






