El siguiente artículo lo cambié a último minuto por la importancia de la catástrofe ocasionada por el choque de trenes en MachuPicchu. De hecho que la inestabilidad de la meca del turismo peruano tendrá que remover algunas cifras:

El turismo peruano vuelve a colocarse en el centro del debate económico al inicio de un nuevo año. Como un péndulo que oscila entre la expectativa y la incertidumbre, el sector enfrenta el 2026 con cifras alentadoras, aunque no exentas de riesgos.
Según proyecciones del MINCETUR, el Perú podría recibir entre 4,4 y 4,5 millones de turistas internacionales, una cifra que marcaría el retorno —e incluso la superación— de los niveles prepandemia. De concretarse este escenario, el impacto económico sería significativo: más de 5,000 millones de dólares en divisas, generadas de manera directa, sin endeudamiento ni condicionamientos externos. Pocas actividades pueden presumir de una eficiencia económica similar.
El mercado interno tampoco se queda atrás. Se estima que el número de viajes nacionales podría alcanzar los 49,7 millones, impulsado principalmente por los feriados largos y los llamados “feriados puente”. Este movimiento dinamiza economías locales, sostiene empleos y conecta a múltiples sectores productivos, desde el transporte hasta la gastronomía.
Sin embargo, el mapa turístico del país sigue mostrando desequilibrios. Cusco y Machu Picchu continúan siendo los grandes emblemas del turismo receptivo, mientras nuevas miradas se posan sobre la Amazonía, con destinos como Iquitos, Madre de Dios y Tarapoto, así como sobre el norte costero —Piura, Máncora y Tumbes— y el norte cultural, representado por Trujillo y Chiclayo. Arequipa mantiene su atractivo gracias al Colca y al turismo de aventura, y Lima sigue cumpliendo su rol de principal distribuidor del turismo nacional e internacional.
Llama la atención, en contraste, la pérdida de protagonismo de Puno dentro del corredor turístico del sur. Más allá de la burbuja de la festividad de la Virgen de la Candelaria, la región parece haber quedado relegada en las preferencias del mercado, de hecho Puno está fuera de los “Top Ten” favoritos. Una señal de alerta que no debería pasar inadvertida.
A estas dinámicas se suman cambios profundos en las preferencias del viajero. El 2026 perfila un turista más exigente, que prioriza el turismo sostenible, las experiencias personalizadas, el contacto con comunidades rurales y el uso intensivo de herramientas digitales. La promoción tradicional en papel ha quedado atrás, y el turismo masivo empieza a ceder espacio a propuestas que privilegian la calidad por encima de la cantidad.
Pero el turismo, como todo sistema sensible, depende de variables que no siempre se mantienen constantes. La coyuntura electoral que se avecina introduce un factor de incertidumbre capaz de alterar decisiones de viaje, inversiones y flujos turísticos. La historia reciente demuestra que la estabilidad —o la falta de ella— influye directamente en la percepción del destino Perú.
El desafío, entonces, no es solo capitalizar el optimismo de las cifras, sino sostener políticas coherentes, previsibles y alineadas con las nuevas tendencias del mercado. Porque en turismo, como en economía, el péndulo siempre está en movimiento.







