El reciente proyecto presentado por la comuna puneña, a cargo de Javier Ponce Roque, antes incluso de que se coloque la primera piedra, ya viene cargado de críticas por doquier. Acaso pretendiendo congraciarse con el sector turismo —por el que nada hicieron el pasado año, más allá de desfilar con zapatos muy lustrosos en cada fecha celebratoria del Día del Turismo—, las cabezas de las instituciones más controvertidas, el Gobierno Regional y la Municipalidad de Puno, presentaron el pomposamente denominado “teleférico eco turístico folclórico lacustre altiplánico”.

En la tan mentada fase habitual de todo proyecto, llamada “socialización”, curiosamente se prescindió de la participación de todo el sector turismo —ignoto como siempre—, supuestamente el más involucrado con la promesa de beneficios futuros. En su lugar, la frondosa burocracia puneña copó el sofocante auditorio municipal, el cual, para contribuir con sus ronquidos y cabeceos, fue sometido a una avalancha de cifras, cálculos y supuestos ininteligibles por parte de los encargados del proyecto.
En esencia, el teleférico puneño solo serviría para transportar turistas desde lo alto del cerro Azoquini hasta el puerto de Puno, previo pago de 50 soles, monto a todas luces inalcanzable para la mayoría de los citadinos. Aun así, surge la pregunta de si realmente resultará atractivo para un poblador local trepar uno de sus cerros apus tutelares y desplazarse para reconocer un urbanismo inconcluso y descolorido, hasta arribar a un puerto también inconcluso, acompañado de la ya conclusa pestilencia de la bahía contaminada del Titicaca.
Si bien la inversión de este tipo de transporte es inferior a la del ya establecido en el otro extremo del país, en Kuélap —que costó 25 millones de dólares, frente a los cerca de 5 millones que bordea el proyecto puneño—, el primero se diferencia ampliamente por su auténtico valor turístico y las bondades de su entorno, reduciendo un recorrido que tomaba entre 90 minutos y 3 horas a tan solo 20 minutos para cubrir 3,2 km. A diferencia del boliviano, el proyecto puneño no cubre el ya colapsado transporte urbano y se limita exclusivamente al sector turismo. Lo más criticable, sin embargo, es el financiamiento: un cálculo a grosso modo arroja que, en el caso de Kuélap, se requerirían 387 años (más de tres siglos) para recuperar el costo, cifra proporcional al proyecto puneño. No obstante, sus proyectistas apelan al facilismo de la subvención estatal, como si las arcas fiscales estuvieran rebosantes cual Ekeko.
Pero nada parece desviar la atención del improvisado e impredecible alcalde puneño. La demostración más reciente fue su decisión, tomada per se, de viajar al otro extremo del mundo para concretar un insulso hermanamiento de Puno con las Islas Canarias, con el supuesto fin de atraer mortales a la Candelaria, sin resultado alguno hasta la fecha. Lo mismo ocurriría con el teleférico puneño. Por supuesto, la agremiación de turismo —sector aludido en este rimbombante proyecto— no da aún señales de vida y, con razón, es soslayada no solo en este, sino también en el proyecto de construcción del nuevo puerto turístico de Puno.







