Escribe: Armando Espino Moscoso

Tras las elecciones provinciales, retornamos a una paradoja estructural: el Centro Histórico y la campiña dependen de un alcalde elegido por votos mayoritariamente periféricos. En la práctica, esto condena al patrimonio a un segundo plano. Para responder con inmediatez a su base electoral, la autoridad prefiere permitir el caos del transporte informal cruzando ca les monumentales antes que plantear reformas profundas, mientras la voracidad inmobiliaria sigue depredando impunemente la campiña. No existe un incentivo electoral directo para proteger el legado urbano. A este desinterés político se suma una visión contable miope.
Para la municipalidad provincial, el Centro Histórico genera más costos de mantenimiento que ingresos directos. Y la campiña es solo un espacio de valores inmobiliarios inmediatos. Aunque la actividad turística genera empleo e impulsa la economía local, estos beneficios no lenan las arcas ediles, pues la comuna no cobra por las rutas ni por los flujos de visitantes. En consecuencia, el nuevo inquilino municipal percibe el cuidado del área monumental como un gasto prescindible y conflictivo, antes que como una inversión pública prioritaria. Sin embargo, el error ha sido plantear esta pugna como una competencia entre los intereses turísticos y las demandas vecinales.
La ley no obliga al alcalde a complacer a los viajeros, pero sí le impone garantizar la calidad de vida de sus gobernados. Por tanto, el reclamo no debe formularse a favor de una postal para forasteros, sino de la dignidad del habitante local. Exijamos que el corazón de la ciudad sea un espacio de convivencia ejemplar para el arequipeño: plazas cuidadas, riberas recuperadas y ca les tradicionales donde reencontrar nuestra identidad cívica. Ese entorno no puede seguir asfixiado por la contaminación vehicular, sonora, visual ni por el desborde del comercio ambulatorio. Los negocios formales deben enaltecer la arquitectura de si lar y no degradarla con desorden.
El arequipeño merece tener este espacio ordenado que le alimenta el orgu lo y el bienestar cotidiano, donde celebrar su cultura sea un ejercicio natural de convivencia y no una lucha constante contra el descalabro urbano y de la campiña. El sector turístico debe cambiar de enfoque: en vez de pedir privilegios para el visitante, debe liderar la exigencia cívica de bienestar para el vecino. Una ciudad limpia, transitable y respetuosa de su patrimonio, áreas rurales que maridan con los imponentes volcanes, enamoran orgánicamente a quien lega de fuera. El turismo sostenible no se improvisa con parches cosméticos; surge por añadidura cuando una sociedad vive con dignidad y orgulo en su propia casa.






