Escribe: Armando Espino Moscoso
Hoy no es un simple feriado en el calendario; es una jornada de memoria activa. Conmemoramos el sacrificio de Miguel Grau Seminario, quien entregó su vida en Angamos con serena lucidez por la causa nacional. Sin embargo, esta fecha debería servir no solo para la evocación marcial, sino para meditar en profundidad sobre las virtudes que forjaron al «Caballero de los Mares», virtudes que rigieron cada acto de su vida mucho antes de su hora final.

Grau creía firmemente en la República y en el principio de que la fuerza militar debe estar subordinada a la ley y a la democracia civil. No vaciló en oponerse con firmeza al golpe de Estado de los hermanos Gutiérrez en 1872 para salvaguardar el orden constitucional. Años después, en 1876, fue elegido diputado por Paita, inaugurando una faceta parlamentaria guiada por la ética más rigurosa.
Lejos del cálculo subalterno o el acomodo político, su trayectoria pública dejó lecciones elocuentes de decencia republicana:
● Desprendimiento económico: Siendo Capitán de Navío al incorporarse a la Cámara de Diputados, declinó formalmente cobrar la dieta parlamentaria. Manifestó con absoluta sencillez que su salario naval ordinario era suficiente para sostener a su familia, negándose a constituir una doble carga para el erario público.
● Compromiso con su comunidad: Como legislador por Paita, priorizó las necesidades más postergadas de su tierra. Gestionó la instalación de agua potable, mejoras en muelles y obras sanitarias para pescadores y pobladores, además de promover la protección del cabotaje artesanal y la supresión de cobros desproporcionados a los navegantes locales.
● Verdad técnica antes que partidismo: Pese a pertenecer al Partido Civil —la bancada oficialista de entonces—, presentó un informe severo y descarnado sobre la precaria realidad de la escuadra nacional. Denunció la falta de blindaje moderno, la escasez de munición y el deterioro operativo de los buques. Jamás edulcoró la verdad para congraciarse con el poder de turno.
● El deber por encima del privilegio: En abril de 1879, declarada la guerra, Grau gozaba de fuero e inmunidad parlamentaria; nada lo obligaba legalmente a marchar a la línea de fuego. No obstante, solicitó licencia voluntaria e indefinida a la Cámara para ponerse al mando del Huáscar. Dejó su curul no por imposición, sino por un imperativo ético de servicio a la patria.
La memoria nacional consagró ese testimonio en el hemiciclo legislativo: en cada sesión plenaria del Congreso de la República, al abrir el pase de lista de los representantes, el primer nombre invocado es el de Miguel Grau Seminario, ante el cual la mesa directiva y la representación nacional responden al unísono: «¡Presente!». Su escaño reservado y los símbolos que lo acompañan recuerdan que su dimensión civil y ética sigue siendo la mayor vara de medida para cualquier servidor público.
Por ello, la conmemoración de Miguel Grau no puede quedar reducida a un ceremonial estricamente castrense. Si bien es legítimo el celo de la Marina de Guerra en honrar a su máximo comandante, su figura trasciende el uniforme y pertenece a la República entera. Esta fecha
debería convertirse en un espacio cívico donde, además de recordar al héroe de Angamos, se reconozca a aquellos ciudadanos que hoy encarnan sus valores en la vida cotidiana: la honradez intachable, la integridad moral, el rigor en el cumplimiento del deber, el liderazgo
constructivo y el respeto irrestricto a la institucionalidad democrática.
Miguel Grau Seminario… ¡Presente!