La postal es impecable: stands elegantes en ferias internacionales, destinos exóticos, sonrisas ensayadas y guapas anfitrionas que venden un Perú perfecto. La vitrina brilla. Pero detrás del decorado, la realidad es otra: PROMPERÚ se cae a pedazos.

Durante años, la promoción turística del país ha sido presentada como una maquinaria eficiente. Un engranaje aceitado de viajes, logística, notas de prensa y eventos que, en apariencia, posiciona al Perú en el mundo. Sin embargo, ese mismo engranaje hoy cruje. Y no por falta de presupuesto o talento, sino por algo mucho más corrosivo: captura política, mediocridad y redes de intereses.
La historia no empezó así. El FOPTUR nació en 1977 con un propósito claro: impulsar el turismo. Décadas después, Con Alan García y Alberto Fujimori PROMPERÚ se consolidó como una institución clave, ampliando su rol hacia las exportaciones y la marca país. Era una apuesta estratégica con funcionarios probos y visionarios. Hoy, es un cascarón.
Como suele ocurrir en el aparato público, lo formal fue siendo invadido por lo informal. Aparecieron las “argollas”, esos grupos que no promueven el país, sino sus propios bolsillos. Y cuando la política entra sin filtros técnicos, el resultado es predecible: la institución deja de servir al interés nacional y pasa a ser botín.
Lo que ocurre hoy no es un deterioro accidental, es un proceso. En los últimos años, operadores vinculados al entorno político del apellido Acuña han convertido PROMPERÚ en su trinchera. No hay estrategia, no hay visión. Hay improvisación, despilfarro y decisiones que rozan el absurdo. Contrataciones sin sustento, cargos inventados como “Choferes de Confianza” ó acaso “Secretarias Only Fans”, en sí, favores disfrazados de gestión. Todo bajo la mirada cómplice —o indiferente— de quienes deberían fiscalizar.
El problema se agrava cuando quienes dirigen el sector no entienden el sector. MINCETUR y el propio PROMPERÚ han sido puestos en manos de funcionarios sin trayectoria turística pero sí futbolística, y con prontuarios que pesan más que sus credenciales. Y mientras tanto, los gremios limeños que dicen ser “nacionales”—que deberían ser contrapeso— prefieren el silencio cómodo, los cócteles y selfies.
El resultado es devastador: una institución que sobrevive por inercia, sostenida por unos pocos profesionales que aún creen en su misión, pero atrapados en una estructura cada vez más descompuesta.
No sorprende entonces que voces como la de Richard Velásquez Guevara, desde CAPOTUR, hayan tenido que salir a exigir lo evidente: orden. Pero el problema no se resuelve con declaraciones, sino con acciones corporativas de políticos responsables y gremios serios. Se necesita cirugía mayor, una profilaxis ó desratización.
Porque si no se actúa ahora, PROMPERÚ no solo perderá eficiencia. Perderá sentido.
Y cuando una institución encargada de vender el país deja de funcionar, lo que está en juego no es una oficina más. Es la imagen del Perú frente al mundo