La reciente magna festividad en honor a la Virgen de la Candelaria en Puno desató, paralelamente, iras e indignación en el país vecino, iniciándose un intenso debate en redes sociales, especialmente entre defensores del folclore de ambos países.

Las pataletas y pedradas virtuales de quienes se autoproclaman “cuna del folclore” resultan inconmensurables e irreproducibles. Los comentarios más moderados de los vecinos altiplánicos se centran en acusar a Puno de ser “promotor del plagio de danzas bolivianas” como la morenada, la diablada o el caporal cuando estas se presentan en la festividad peruana. Sus publicaciones generaron una oleada de mensajes negativos en Twitter, TikTok y Facebook, convirtiendo a estas plataformas en cajas de resonancia del lamento boliviano, con la reiterada monserga de la “apropiación cultural” o la “confusión intencional”.
Sin embargo, quizás acostumbrado a los gritos destemplados —en su mayoría carentes de sustento—, el sector más conservador y sosegado del folclore puneño mantiene su postura: las expresiones folclóricas en Puno forman parte de una tradición altiplánica compartida. No se trata de copia ni plagio, sino de manifestaciones culturales que han evolucionado de manera propia en su territorio. Algunos usuarios recuerdan, además, contextos históricos y sostienen que estas danzas poseen raíces comunes entre poblaciones aimaras, y que las críticas bolivianas responden más a rivalidades nacionales, posturas políticas que a fundamentos culturales sólidos. Hoy, ser “anti peruano” parece tener más valor que portar el estandarte de un grupo carnavalesco.
Las diferencias entre la festividad religiosa peruana y el carnaval boliviano son notorias. En el caso peruano, se trata de más de quince días de celebraciones que incluyen preparativos, galas, presentaciones y despedidas; participan más de 120,000 danzarines (provenientes de casi todos los rincones del país) y 78,000 músicos (incluyendo bolivianos), con presencia de artistas nacionales, cobertura mediática especializada y cerca de 15 kilómetros de recorrido. En contraste, el carnaval boliviano congrega aproximadamente 28,000 bailarines y 10,000 músicos durante 6 días y a lo largo de 4 kilómetros.
Lo censurable es que la entidad que, al menos en teoría, representa la cultura de la región altiplánica —la Federación Regional de Folclore y Cultura de Puno (FRFCP)— no haya expresado hasta el momento reacción alguna ante el cargamontón de los vecinos. Más aún, esta institución arrastra desde hace lustros un conjunto de desaciertos, tanto internos como externos, que han provocado incluso cismas dentro de la feligresía por desacuerdos con el clero respecto a la forma y el fondo de la organización de una festividad esencialmente religiosa.
Nuestra defensa de la Festividad de la Virgen de la Candelaria es firme frente a impulsos desaforados y expresiones racistas, especialmente de quienes, según la conveniencia, llaman “hermanos” a los peruanos. No obstante, nuestra posición tampoco es cómplice de la evidente ausencia de liderazgo institucional y de visión estratégica por parte de la entidad que se arroga la propiedad de la festividad, ni del supuesto “gerente” de la ciudad, el alcalde provincial, ante un evento que ya no es solo distrital, sino de alcance universal.
Con la misma firmeza reiteramos la urgente intervención de los miembros del Parlamento Andino para esclarecer desacuerdos, conciliar posiciones, proponer planes de desarrollo cultural y ejercer una labor pedagógica en las zonas de permanente confrontación. Su ausencia no solo confirma una imagen desgastada, sino que la arrastra a la vorágine de la mediocridad que tanto daño causa a nuestros pueblos.