Escribe: Armando Espino Moscoso. Empresario Hotelero.
En este periodo de disrupción profunda, la mayor limitante para avanzar no es la tecnología ni la falta de recursos: es el temor. El miedo puro y duro.
El inicio de una nueva era No cabe duda de que el 2026 marca el inicio de una era distinta. El motor principal es la Inteligencia Artificial Generativa, pero viene acompañada de una reconfiguración económica y política que definirá el próximo siglo. Mientras el mundo acelera, en nuestra «pequeña isla provinciana» parece que la estrategia de algunos líderes es la del avestruz: enterrar la cabeza, cerrar los ojos y esperar a que el futuro pase de largo. Confían en que, por «chiripa», el éxito nos encuentre sentados.

Seguridad vs. Transformación Se prefiere recitar aquello de «más vale pájaro en mano», aferrándose a lo poco que queda. Sin embargo, el refrán que debería guiarnos hoy es otro: «Aferrarse a lo pequeño puede costar lo grande». La seguridad conserva lo que ya existe, pero solo el riesgo tiene el poder de transformar.
Lamentablemente, hay quienes prefieren alimentar el temor. Líderes y autoridades que viven del miedo que inculcan, sugiriendo que la escasez o la migaja son preferibles al riesgo de lo nuevo. Nos piden «unidad», pero una unidad estática, diseñada para mantener el statu quo.
El vendaval de lo nuevo Ya lo reflexionaba Gastón Acurio: la transformación del mundo ha vuelto obsoletas muchas de las reglas con las que nos formamos. El trabajo, la política, la identidad e incluso el concepto de progreso han cambiado. Estamos ante un vendaval, y en vez de navegarlo, muchos prefieren atacar el cambio simplemente porque les asusta.
Pero el cambio es una realidad inevitable. No nace del consenso ciego, sino de la discusión de propuestas, de la búsqueda de la excelencia y de la discrepancia con lo actual. Pensar distinto no es traicionar. Se puede convivir en el desacuerdo mientras se busca la evolución. Desvirtuar la crítica es, hoy por hoy, el mayor freno al desarrollo.
El futuro de nuestra comunidad En el sector turismo, al igual que en otras industrias, veremos cambios radicales en los próximos años.
Algunos de nosotros tendremos que impulsarlos; otros, simplemente asumirlos. Pero una cosa es segura: los hoteles, las agencias, los guías e inclusive el destino mismo, no serán los mismos en cinco años.
¿Estará preparada nuestra comunidad para enfrentarlos? ¿O permitiremos que el temor y los intereses individuales nos condenen a un nuevo fracaso en nuestra búsqueda de bienestar económico y social para la región?