CHOLOS CON PLATA O BLANCOS SIN PLATA.

Este socorrido tema, que dependiendo de las circunstancias es usado como lanza o escudo, ha vuelto cual fantasma del pasado y espanto del presente; con las palabras del “cholo emergente”: San Joaquín Ramírez, patrón de los cobradores de “combi” exitosos. La verdad que el tema del racismo es parte de la hipocresía de esta decadente sociedad. Todos lo practican (en mayor o menor medida), pero no se quiere reconocer. Desde luego que en Europa, hay racismo; pero digamos –y lo he visto- es más “ligth”, más disimulado. Acá más bien, es frontal, pero igual se le niega. ¿O me van a decir uds. que no han choleado o han sido choleados?.

Y digamos que ahora, no es la discriminación por el color de la piel, tan notoriamente “de sabor nacional”; sino a lo mejor por el acento inconfundible y que normalmente confunden en la dicción entre la “i”, “e”; o determinados hábitos no tan higiénicos; sino que se piensa que “choleando” a otros, uno los supera en puntos, pero no sé de qué ranking. Es que en la actualidad, lo que se persigue y se emula, no es tanto el tema racial, es decir la “choledad” tanto o más cholo uno sea; sino que se valora más bien el éxito personal. Y ¿eso está mal? No, para nada. Es que ni al Perú, ni a su pujante economía de mercado (a pesar de que hay todavía algunos rezagos comunistas) le interesa los rimbombantes señorones, de prosapia, garbo y apellido; pero sin plata.

En Puno, conozco a muchos hacendados en quiebra, que lo más que hicieron sus hijos fue largarse de sus quebradas propiedades, pero que viven pensando en su bonanza de otrora, todo amenizado con el trago más barato que pueden consumir en algún Club ubicado en el centro de la ciudad. Para más no dan, esos son lo como los dinosaurios; que se dieron cuenta que murieron, cuando los desenterraron.

Pero tengo el gusto de conocer a otros, que se enorgullecen de sus humildes orígenes. Conozco a un exitoso empresario juliaqueño, que al referirse a su abuelo, me decía que era mendigo, y que aprendió a contar cuando a él se le ocurrió vender literalmente piedras, e hizo su fortuna. También conozco a una pareja de empresarios puneños, que ante la opresión de la sociedad, desesperados recorrían las aburridas calles para recoger desechos, para luego clasificarlos, venderlos; y tener hoy una economía familiar más que boyante, con muchos negocios exitosos. Por eso, tengo que insistir que en el modelo económico que defiendo, se debe juzgar más por resultados que por apellidos; o por la abundancia de otrora, frente a los aprietos de hoy. En sociedades más abiertas como la norteamericana, y con mercados más profundos; no importan los apellidos, sino la capacidad, y los resultados. Y eso es lo que debemos de emular, y de practicar, veo con satisfacción, como poco a poco se está llegando, gracias al modelo económico de mercado, a una igualdad de oportunidades. Y que no interesan los nombres, sino lo que pueda producir.

Entendamos bien que al Perú, no lo salvaran apellidos rimbombantes, ni blanquitos sin plata; sino cholos emergentes y con plata. Luis Alberto Sánchez decía premonitoriamente “en el Perú, el blanco sin plata se aindia; y el indio con plata se ablanca.” Algún día, ya muy cercano seguramente, vamos a tener que recordarnos de los viles tiempos pasados y diremos: “nos habíamos choleado tanto”.

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