EL PRIMER HALLOWEEN EN PUNO

EL PRIMER HALLOWEN EN PUNO

Escribe: Luis Miguel Pino Ponce

Era octubre de 1988, yo había llegado de la inolvidable y siempre presente Arequipa. Estaba sumamente influenciado por el cosmopolitismo que proporciona la actividad turística. Además mis constantes viajes a la odiada pero siempre necesaria Lima, me habían cautivado con una exótica conmemoración: El Hallowen, que es en realidad una evocación a los nórdicos aquelarres, donde supuestamente salen en la noche del 31 de octubre todas las brujas, espantos, gnomos, hombres lobos, etc, etc, y pobre del que se encuentre con ellos; pues lo convertirán en lo que quieran; además molestarán a todas las casas de los vecinos. Esta costumbre, hizo migas en los Estados Unidos, y de allí como siempre se importó a Lima; inicialmente en Barrios “pitucos” soberanamente influenciados por los gringos; y cómo no, llegó a Arequipa.

Como ya había regresado a Puno, con mi Bachillerato, y me preparaba alegremente para optar mi título profesional, pero estaba muy vinculado a la Hotelería y al turismo receptivo; y como estaba de lo más aburrido (Puno era sumamente virginal y casi cucufato –pero que ahora- para los espectáculos) pues se me ocurrió hacer por primera vez en Puno una fiesta de Hallowen; desde luego con la correspondiente calabaza evocativa.

El problema fué que, salvo muy pocos, entendían que era, y porque era esa extraña celebración. Me acuerdo como si fuera ayer, cuando curiosos pasaban por el “Hostal Don Miguel” en la Avenida La Torre, y pasmados miraban a mi calabaza de Hallowen. Lo gracioso fue que, en la Fiesta se presentaron mis amigos y los amigos de mis amigos, disfrazados de cualquier cosa, menos de terroríficas figuras. Mi amiga Gladys (no digo el apellido para que no se burlen de ella) se disfrazó de “vaquera”, Hugo: De Taquileño; José; de Futbolista. Otros, de Estudiantes.  Caray, me sentía realmente desolado. Pero bueno, algo se hizo; además ni siquiera podían pronunciar bien: Decían “callowen” o “jalluven”. Ya se pueden imaginar lo extraño, incomprendido, anacrónico y alejado que me sentí.

Hoy que han transcurrido tantos años, y que aquellos amigos ya no tienen la lozanía de otrora, ni las ganas de antaño; veo entre nostálgico y con simpatía cómo es que esa costumbre “importada-por-el-alienado-de-miguel-pino” ha calado hondo en Puno, a tal extremo que se ha convertido en una tradición que desde la tarde del 31 de octubre, tengamos tantos niños, vestidos de espantos, gnomos, vampiros; y brujitas de todo tamaño. Y lo más gracioso y tierno es que van con sus padres a dar vueltas por el centro de la ciudad, vestidos -ahora si- para el Hallowen. Hoy, paso completamente desapercibido; pero evoco el Puno de ayer, y me solazo al ver y sentir cómo es que el comercio ha aprovechado de esta oportunidad para vender toda clase de productos evocativos. Y pensar que cuando hice la primera calabaza de Hallowen era motivo de curiosidad y hasta de habladurías bobas; hoy, es de lo más normal y sería ridículo escandalizarse.

Pero como siempre tengo que arruinarles la fiesta: Si con el Hallowen se han cambiado tantas cosas en Puno, ¿Porque no podemos botar para siempre otros complejos?

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