LA PACHAMAMA SE ENCUENTRA HERIDA

Escribe: Celestino Churata Coila

Cada 22 de abril desde 1990 se recuerda el Día Mundial de La Tierra, se instauró por Acuerdo de las Naciones Unidas con la intención de proteger el planeta; pero no hay que esperar el Día de la Tierra, el Día del Medio Ambiente, el Día del Agua, el Día del Árbol u otras fechas relacionadas con el cuidado del medio ambiente para hablar de nuestra Madre Tierra; sino, debe hablarse todos los días ya que todos los días son días de La Tierra.

Desde la última década del siglo pasado se usa con frecuencia esta palabra: Ecologia ¿pero la ecología es una moda? No. La ecología es la ciencia que busca la relación del hombre y los seres con su medio ambiente, pero una relación armoniosa y sostenible; pero en la práctica esta relación no es armoniosa ni sostenible; el ser humano se ha convertido en uno de sus peores enemigos. Basta ver la inhumana e insensata contaminación ambiental, que se traduce en el deterioro de la capa de ozono, el smog en las orbes, el efecto invernadero, el aumento de los desiertos, el deshielo de los glaciares, las lluvias ácidas … cada una de ellas con efectos dañinos  – y otras – peligrosamente irreversibles.

El ser humano, el único dotado de sapiencia en toda la faz de la tierra, es el único ser – en gran medida – el autor de ya frágil equilibrio ecológico; lejos de cuidar su hábitat lo envenena y termina envenenándose él mismo, porque todo lo que daña a la naturaleza daña también al hombre. Tenemos una poderosa razón para abogar a favor de la Madre Tierra, es que constituye nuestra única casa, si terminamos destruyéndola ¿a dónde iremos a vivir?

Esta actitud insensible obedece simplemente a que seguimos pensando en la inmensidad de los océanos, en la grandiosidad de las montañas, en la selva inacabable e impenetrable; sin embargo, ni los océanos son inmensos, ni las montañas son grandiosas, ni la selva es inacabable e impenetrable, la Tierra constituye – por el contrario –  una insignificante partícula en la inmensidad del espacio sideral. El mismo hombre hizo que todo aquello se convierta en diminuto y accesible.

A la crisis económica, a la extinción de valores, a la asfixiante corrupción se suma la carencia de una cultura ecológica, esta cultura que puede repercutir significativamente en la preservación del medio ambiente, porque es necesario y obligatorio mantener el equilibrio ecológico. Si nos remitimos a los vaticinios de los ambientalistas y ecólogos nos espera un desolador panorama debidos a que los grandes cambios del mundo en que vivimos será la ecología, el futuro del planeta depende del criterio de cada uno de nosotros, para tomar pequeñas decisiones cada día, ya que éstas, sumadas pueden convertirse en grandes acciones que solucionen grandes problemas.

Con el correr del tiempo el hombre ha perdido esa mística que tenían sus ancestros quienes dialogaban con la naturaleza, mantenían una relación armoniosa y sostenible; y se le rendía culto a los cerros, a los lagos, a los ríos, a la Pacha Mama, al sol, al árbol; y a otros miembros de la naturaleza; puesto que, si no tenían vida daban vida.

Ante tanto panorama desolador, estamos aún a tiempo de hacer una terapia a nuestra Madre Tierra.

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