EL EXTRANJERO.

Luis Miguel Pino Ponce

      Me acuerdo como si fuera ayer, cuando por novelero y amante a tiempo compartido, me fui a Salvador, Bahía en Brasil. Al retornar, confiado en que llegaría en el vuelo de Salvador-Rio y conexión a La Paz, para al día siguiente estar en el Perú; pues casi me deshice de todo mis “cruzados”. Pero al llegar al Aeropuerto “El Galeao” una garota me dijo que como tenía un ticket con el 75% de descuento; no tenía derecho a espacio, y que debería de espera el siguiente vuelo: Del viernes al domingo. ¡Huy! En esos tiempos era raro las tarjetas de crédito, a las justas los Travellers Checks, y no había celulares. Tuve que quedarme dos días estirando mis últimos 20 dólares, comiendo hot-dog´s, y hasta creo que llegue caminando al Aeropuerto. Entendí por primera vez, lo que es la soledad no deseada, el súbito cambio de planes; de aceptar la realidad cruda de habitaciones lujosas, a casi un back-packer hostel. Estas en otro país. Eres sobre todo, un extranjero sin plata.

Luego, a los años, cuando el Perú, pergeñaba una economía de mercado; me fui a los Estados Unidos, y confiado en que la Agencia de Viajes, que por las deudas que me tenía, prometió que al llegar a Miami “ya estaría mi transferencia”, hizo que llegara a Gringolandia. Era viernes, así que confiado en que el Banco mencionado por ellos, ya mantenía el depósito para mí; y con 27 estrenaditos años, me dedique a conocer la tan cosmopolita urbe. El lunes, medio humeado aún; llegué a la Brickell Avenue (la Avenida de los Bancos), para alegremente dirigirme al designado y recoger mi transferencia, pero: “Sorry mister nothing for you”. No había nada para mí; y luego de la odisea de llamar al Perú (aún existían los télex) averigüé que recién estaban tramitándola y que “solamente demoraría una semana”. Otra vez el síndrome del hot-dog, y de manejar como un baraja, las pocas expresiones en inglés. Sin conocer a nadie, estaba solo, rodeado de millones; y lo peor sin dinero. De nuevo, el extranjero con grandes angustias y esperanzas.

Y cuando hice mi primer viaje a Europa, dio la extraña y vil casualidad que la línea aérea que me llevaba (Air Madrid), quebró. Y junto a miles de pasajeros, nos enteramos de esto en Madrid. Ya se pueden imaginar, la cantidad de conexiones que se perdían. Dentro de ellas, la mía a Múnich-Linz. Al menos ya había más comunicaciones, y logré que mi familia, se enterara que viajaría en otro vuelo. Pero, las “Majas” del Aeropuerto de Barajas, estaban más interesadas en pintarse las uñas; que preocuparse por los pasajeros. Y si no fuera por la desaforada protesta de 400 ecuatorianos, que casi demuelen todo lo que encontraban a su paso; los españoles no nos hubieran resuelto el problema. Bueno, era un extranjero, esta vez acompañado, añorado y con muchas esperanzas.

No quiero abundar en otras terroríficas experiencias que viví, como cuando en París, mi amigo que supuestamente me pasearía por la ciudad, se bajó abruptamente del Metro, para atrapar a unos rumanos que le robaron su billetera. Y solo tuve que conocer prácticamente todo. París es una fiesta, y creo que valía la pena perderse – pero desde luego con tarjeta de crédito y celular-. O la última vez, que al llegar a Budapest, un taxista me dejó por mala fé, o por confusión en una avenida que no era; y que felizmente como los Húngaros siempre ayudan; puede llegar sin problemas al hotel. Aunque al día siguiente, al comprar Souvenirs, pensé en que se me había perdido (o me la robaron) mi billetera. Sentí por segundos, ese sudor frío de saber que eres una vez más un extranjero sin dinero ni documentos. Aunque luego del susto, recordar que ahora, hay facilidades.

Pero si he relatado todo esto, imagínense lo que sufren aquellos, que salen de Venezuela. Entendiendo que son extranjeros, sin dinero, con pocas esperanzas, y que debido a algunos miserables; hoy justos pagan por pecadores. Algo debemos hacer, pero no generalicemos. Me pasó en Buenos Aires (también en La Paz), cuando estuve de Shopping, y una solícita dependiente me dijo: “Señor mejor entre, cuídese; porque están pasando un grupo de peruanos, no vaya a ser que le roben”. A lo que –con el fondo musical de “Mi Perú”- conteste altivamente, “Soy Peruano”. ¿Ya ven lo injusto que es generalizar?

 

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