EL ABOGADO NUESTRO DE CADA DIA.

Luis Miguel Pino Ponce

No asisto a las celebraciones por el “Día del Abogado”, por falta de tiempo, y no es porque como dicen muchos “no vaya a ser que se te pierda algo”. Al menos a mí eso no me alcanza, desde luego que a otros sí; esos a quienes no reconozco como colegas, sino como espantos productos de la sub-cultura en la que nos ha metido la banalización de la profesión. Ellos están todos los días mordiendo, arañando y prostituyendo a la profesión. No han leído libro alguno, compraron el título, y encima tienen tres profesiones; pero cinco necesidades. Resultado: No tienen idea de que se trata, y piensan que el “Orabunt Causas Melius”, es el nombre de un plato; o el de un remedio. Y el “Decálogo” de Couture (que no era argentino, sino uruguayo), está junto a su lista de compras. Del “El Alma de la Toga”, de Ossorio; a lo mejor creen que es un libro de espíritus. Y finalmente, son doctores “on line”, y creen que es una carrera de velocidad: Ser Abogado, luego Magister, y Doctor; pero con trabajos comprados, y con un inglés tipo apache: Tu Jane, yo Tarzán; y todo para trabajar para el Estado. Es una carrera de caballos, pero parada de borricos.

En cambio otros profesionales, que luchamos por dignificar a la profesión, sin ocupar cargo público, o directivo alguno; tratamos de entender a la sociedad por los hombres, y a los hombres por la sociedad (Rousseau dixit). Por eso, entiendo que para todo cargo y función se debe de tener vocación. Y lamentablemente (culpa nuestra también) el Poder Judicial y el Ministerio Público, están plagados de abogados, que consideran su puesto como una tabla salvadora para cubrir la quincena. Esto es de preocupación y rabia de muchos magistrados probos y estudiosos, pero como lamentablemente no lo pueden decir públicamente; se tienen que tragar ese sapo.

Pero cuando hablo de mis colegas, no puedo dejar de mencionar que esta profesión es la más cuestionada (y la que más chistes genera en el internet). Es que el Derecho es una lucha de pasiones; y en ésta, como en toda guerra, la verdad es la primera víctima: Hay muchos litigantes a quienes les gusta que les digan lo que ellos quieren escuchar, y no lo que deben oír. Por eso es que, insisten en algo que esotéricamente es posible, pero jurídicamente imposible. Y no se trata de decir, le “aumentaré más”. Si no hay pruebas ni sustento jurídico, el pronóstico procesal será negativo. Y es que la verdad jurídica, es algo que se construye con medios probatorios; la verdad real existe, pero eso solo la saben las partes; dios y el diablo. Por eso muchas veces, los abogados somos la carne del sándwich, entre la presión del litigante (que quiere para ayer las cosas) y la carga procesal que hace morosa la administración de la justicia. Y quien siempre ha sido ejecutivo, se choca con una pared. Y lo peor es cuando se tiene razón y derecho, pero vale más la miopía comprada o el subterfugio al contado del juzgador, para irse contra norma expresa. Ahí es cuando uno recuerda el concepto de Juez que se tenía en la Edad Media: Extraño ser, que por media docena de pollos, puede cambiar una docena de leyes.

Pero el Derecho, no es una ciencia exacta; sino social, de alegación y de aproximación a lo sucedido o por suceder. Y lo que popularmente se cree, es que cuando uno es pésimo en las matemáticas, irremediablemente termina como Abogado (no sabemos sumar, solo dividir dicen). Esa nefasta imagen, hoy nos pasa factura, con cada ley que se prola, que es un escándalo. Y ya lo dijo Carlos Cárdenas: “El abogado que no estudia economía, es un persona apta para convertirse en un enemigo público.” Es que no debemos separar la economía del derecho: Cada conducta humana, tiene una indudable consecuencia económica. ¿Entenderán esto quienes semanalmente siguen haciendo seminarios sobre lo mismo, y con los mismos expositores, para entregar los mismos certificados gordos?  Por lo demás, va mi saludo afectuoso a mis colegas, ellos saben de qué he hablado. Del resto, que tienen su título colgado como almanaque de cervecería y con el mismo contenido y utilidad, ni mencionarlos. Además, ellos no entenderán sobre qué he escrito.

 

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