LA DIFICIL BUSCA DE UN HOGAR (EL DRAMA DE LOS REFUGIADOS).

Luis Miguel Pino Ponce

¡Guten Morgen! Nos saluda en alemán el refugiado afgano Fateh Bekzad, cuando con mi suegro Herr Karl Auinger (a quien el Municipio pidió sea el profesor de Alemán para los refugiados), visitamos a las viviendas de los más de 40 refugiados, que están acá en Naarn, Austria (Fateh, me dice que hoy, no solo están ellos, sino también Sirios, Tibetanos, y Africanos). Sorprendido primero, porque al ser Muslims (musulmanes) había evidentemente un prejuicio. Sin embargo, desde la calidad de vivienda que les ha dado el gobierno austríaco, que dista mucho de sus “originarias” viviendas y costumbres, por lo que poco a poco tuvieron que cambiar la concepción del mundo con la que llegaron.

Tienen servicios completos, calefacción y baños que normalmente los países del tercer mundo, quisieran tener. Me tengo que presentar, y mi suegro me dice: También habla inglés. Fateh me dice que en allá se habla solo dos idiomas: El Pastún y el Dari; pero si quería integrarse a la sociedad moderna, todo pasa por la comunicación; y sus idiomas “originarios” acá no le sirven de mucho. Y de la forma más occidental me saluda, y ¡oh sorpresa!, también su joven esposa Najia lo hace y me da la mano (cuando llegaron con sus costumbres nativas, no podían ni mirar, ni dar la mano a otro hombre que no fuera su marido). Ya no tiene la burqa, y muestra por completo su rostro; y mientras conversamos, sus niños juegan despreocupados, ahí están Yalda, Parsa y Nessa, todos nacieron en Austria, pero no pueden ser considerados austriacos. Esa es la legislación acá. (Un empresario de la zona, me decía que ellos se reproducen a una tasa del 6% anual, mientras que la tasa de natalidad es negativa en Austria, razón por la cual, el nuevo gobierno está adoptando medidas drásticas contra ellos: Procuran que abandonen Austria, y es que los 100 mil refugiados a una semejante tasa de natalidad, en 5 años, casi avasallarán).

Fateh, me relata las peripecias que tuvo que pasar para venir desde Afganistán con su esposa y uno de sus hijos, sin documentos, sin nada más que esperanzas para escapar del infierno en que se ha convertido su país, que según me relata “es el campo de guerra disimulada entre Usa, Rusia, y China”. Allá no se paga impuestos, porque no se sabe quién o qué está en el gobierno; y no se sabe quién morirá mañana. Prefirió la incertidumbre del viaje, a la certeza del infierno. “Cuando logré salir, pase por Irán, pero al llegar a Turquía, fui detenido por la patrulla, y pretendían regresarme; les dije que no quería quedarme, y que solo pasaba, y no regresaría, por lo que podían dispararnos a todos”. Los turcos, al ver su mortal decisión, permitieron su tránsito. Luego, por el mar llegó a Grecia, pasó por Albania, Croacia; hasta Austria. “No creo que mis hijos lleguen a conocer Afganistán, aunque no lo sé” me responde al preguntarle, ”Además acá tienen otra educación, costumbres, y hasta ya saben lo que es Navidad”.

Pero ellos no pueden trabajar, son refugiados y su calidad migratoria es distinta. “Solo por un mes, y luego, por más que tengan buena mano de obra, no los podemos seguir contratando” me decía hace días otro empresario austríaco; y como lo compruebo, acá las leyes están para cumplirse y no como en el Perú, que es el deporte nacional incumplirlas. “Es injusto, yo trabajo duro, pago mis impuestos y he logrado con mi trabajo tener una casa; sin embargo ellos, vienen, los mantengo y encima tienen una asignación mensual parecida a mi sueldo” se me quejaba el otro día una trabajadora austríaca.

Mientras sigue la conversación, se acerca su solícita esposa Najia con unos pastelitos afganos, hechos por ella, y mientras seguimos conversando está haciendo pan afgano, cuyo sabor me hace recordar a los panes artesanales hechos en el Sur del Perú; ingresan unos jóvenes refugiados y entre ellos se saludan: Assalamu-alaikum (Que Ala te bendiga) por eso le pregunto si tienen problemas con su religión, dado el terrorista Estado Islámico, me dice “Aquí, son respetuosos de cada creencia, pero en mi país solo hay musulmanes, en un 98%, el resto son hindúes y uno que otro judío. No hay católicos.” Mientras estoy por despedirme, y pedirle si me puedo tomar fotos, (y con su familia, esto antes era imposible), y veo por la ventana que se acerca el Párroco de la Iglesia de Naarn, con unos presentes. Para la caridad, no hay religiones que valgan, acá si resulta siendo el humanismo una actitud, no una teoría.

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