LA ISLA DEL DIABLO

Alvaro Pineda Mazuelos

Se encuentra asentada cerca a las islas de los Uros. Es un pequeño islote rocoso que le le llaman “la Isla del diablo”, parece que su nombre es bastante antiguo y los pobladores originarios difícilmente se acerca a tal lugar.
Hace de esto muchos años. Los protagonistas: el clásico triángulo amoroso. Él maduro puneño y ella joven y agraciada, boliviana, paceña para ser mas exacto. Se conocieron en una romería a la famosa feria de Copacabana.

En un viaje que él hizo a la Paz, consiguió el apoyo de los padres de ella y el matrimonio se arregló e hizo rápidamente y volvió, ya casados, acá a Puno. El otro, boliviano paceño también, permaneció en la sombra. Parece que la amaba desde muy jóvenes y el matrimonio de ella contrarió aquel amor. Un año después se presentó en Puno, se supone que dispuesto a recuperar a su amada. El esposo sorprendió una carta de él y rugió de furor. Tuvo una amarga explicación con su esposa. Todo su ancestro pasional primitivo y su orgullo español, lo cegaron. No pudo situarse a la altura de las circunstancias ni entrevió el hondo drama. No vio sino un hecho frío e intolerable: un hombre tratando de arrebatarle a su esposa. Frenético amenazó con matarlos. Esto precipitó la situación y los enamorados planearon una fuga. No tenían otra alternativa. Estuvieron al acecho de la primera oportunidad. No tardó en presentarse. Hados invisibles, silenciosos e inexorables, iban marcando despiadadamente las etapas de aquel proceso. El esposo viajaba con frecuencia, a caballo, hasta una hacienda que poseía a pocas leguas de la ciudad. Partía muy de mañana y volvía al anochecer .

Cierto día, en uno de estos viajes, una tremenda granizada le impidió volver a tiempo y llegó ya muy entrada la noche a su hogar. La esposa había desaparecido. su ira y su despecho no tuvieron límites. Llegó al paroxismo y ciego de impotencia maldijo y juró venganza. Del fondo mas recóndito de su alma el fiero ancestro aymara invocó a los dioses de sus antepasados y clamó desesperadamente castigo para los culpables, mientras una terrible tempestad azotaba furiosamente la ciudad.

Pedro Catari balsero del puerto de Puno nos narra lo que de verdad sucedió: – aquella noche – decía Catari- temprano, esperaba como de costumbre, para hacer la travesía hacia Capachica con pasajeros. De pronto se presentó un señor que lo contrató para un viaje largo, con la condición que sería el único. Ya entrada la noche, llegó acompañado de una dama y se embarcaron rápidamente. Urgieron a Catari a partir. Este se mostró algo temeroso, porque al dirigir la mirada hacia el cerro Cancharani vio que por encima de él aparecía densas y oscuras masas de nubes.

Hay un inmemorial y popular adagio puneño, que dice: “Cancharani con montera, llueve aunque Dios no quiera.
– y así fue – continuó Catari -, a poco de haber salido del muelle, todo el cielo se cubrió de grandes nubarrones, el viento comenzó a silbar y gruesas gotas de lluvia anunciaron la inminencia de una granizada. No tardó esta en presentarse con violencia, entre furiosas ráfagas de viento y un horrendo reventar de truenos. El viento arrastró impetuosamente la frágil embarcación de Catari, por mas que hizo no pudo gobernar la balsa y la desvió hacia la isla del Diablo. Chocó duramente contra esta y se volcó. La pareja aterrorizada trató de ponerse a salvo y se refugió en el islote. Catari dominado por un miedo inmenso, se abrazó a su volcada balsa, que siguió siendo arrastrada por el temporal y terminó por embarrancar toda maltrecha en los totorales cercanos. El indio no había querido por nada poner el pie en la isla. ¡El sabía que allí habitaba el diablo!… La tempestad desencadenada, avanzó por encima del lago entre ráfagas de viento. turbiones de lluvia y rachas de granizo. Los rayos comenzaron a caer, como lenguas de fuego, uno tras otro sobre la Isla de Diablo…

La Isla del Diablo era un islote rocoso sin ninguna vegetación, desolado, de unos ochenta metros, sin ninguna vegetación, desolado, de unos ochenta metros cuadrados, una masa informe de rocas blanquecinas, destrozadas y calcinadas, ocupa el centro de ella. Se notan las hendiduras y fracturas producidas por el impacto de incalculables rayos.

Catari continuó relatando: – Dice que allí, (justo donde señaló), allí al día siguiente muy de mañana, cuando después de dar grandes voces y que viniera en su auxilio una balsa de la Isla Estevez, volvió allí en busca de sus pasajeros; los encontró muy juntos, abrazados y horriblemente quemados, electrocutados por los rayos durante la noche.

Compilado por Alvaro Pineda Mazuelos del documento original de Manuel Gonzales Barandarían.

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  1. Manuel Quispe Cahuana El año pasado

    Que interesante gracias por compartir. saludos

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